Madrid está llena de sitios preciosos.
Es una pena que habitualmente no tenga ni la cabeza ni los ojos para verlos. Pero esto tiene su parte buena: y es que en días como ayer, cuando salgo simplemente, sin prisa ni compañía, a pasear, me permito mirar detenidamente las calles por las que voy, las casas que dejo atrás, los comercios, y a la gente.

Ayer descubrí un par de sitios interesantes: el primero justo debajo del viaducto, donde pude imaginar que estaba en una colosal catedral gris ceniza a medio construir.
Arien me dijo una vez qué tipo de arco eran los del viaducto. Tienen un nombre extraño y no me quedé con él.
Siempre me he sentido unido a este extraño puente. Desde pequeño. Recuerdo con especial cariño el subir con el Renault 11 rojo que tenía mi padre por aquel entonces por la Cuesta de la Vega (donde se apoya el lado norte del viaducto y donde queda el único vestigio de la muralla árabe que una vez tuvo esta ciudad). Por encima vuela la calle de Bailén. Por debajo cae la calle de Segovia.
Hacia el norte el Palacio Real y la Plaza de Oriente. Hacia el sur el parque de las Vistillas, la Basílica de San Francisco el Grande y, más allá, la Puerta de Toledo, con sus tres arcos mirando hacia el sur. Hacia el este el muy madrileño barrio de La Latina. Y hacia el oeste el pequeño Manzanares, el Puente de Segovia, el Paseo de Extremadura y el sol que se va a dormir. Es un sitio hermoso.
Mis pasos suben la escalera hasta donde se encuentran la calle de Bailén y la calle Mayor. Hay justo en la esquina una tienda de música especializada en intrumentos exóticos.
Subiendo por Mayor hasta el mercado de San Miguel. Cuesta abajo arranca la calle de Cuchilleros, con sus conocidos mesones y sus particulares casas de paredes oblícuas y coloridas. Todo aquí rezuma antiguedad, lluvias, soles y saber popular. Cada piedra parece tener una historia que contar y cada ventana tiene la mirada de un abuelo cuando sienta a su nieto en sus rodillas y le cuenta acerca de cuando él era joven y el mundo era distinto a lo que es ahora.

La calle de cuchilleros va a morir a la Plaza de la Puerta Cerrada. Es una pequeña plaza con un crucifijo de piedra en el medio. Pero lo que siempre me ha llamado más la atención de esa plaza, por la que he pasado infinidad de veces a lo largo de mi vida, es la decoración de los dos edificios que la dominan.
A día de hoy sigo sin saber lo que representan esas dos pinturas. Tal vez porque las sigo mirando con los mismos ojos de cuando era pequeño. Tal vez por eso me gusta mirarlas.
Dejo atrás la plaza y me adentro en la calle de Toledo en dirección a la Plaza Mayor. El arco de medio punto donde nace, pequeña, esa calle que se pierde entre los antiguos edificios, buscando la Plaza y la Puerta de las que toma el nombre después de atravesar el barrio de la Latina, me sonríe entre la multitud que, sorprendentemente, llena la peatonal cuesta un lunes a las nueve de la tarde. La atravieso dejando atrás las invitadoras terrazas y las acogedoras tiendas de sombreros que moran debajo de los arcos septentrionales de la Plaza Mayor, y salgo de nuevo a la calle Mayor. Veo, invitadora, la pequeña cuesta que lleva a la calle que rodea la Iglesia de San Ginés y mis pasos se dirigen hacia allí.
En la Plaza de San Ginés encuentro un bar que me llama la atención: "El Rincón de Madrid". Un "local típico madrileño" según ellos mismos. En la puerta hay todo todo tipo de carteles, bastantes de ellos curiosos. "Tortilla española cocinada con paciencia". Me seduce y entro con la intención de probarla junto con una caña de las que sólo saben tirar en ciertas partes del centro de Madrid. La caña excelente; la tortilla está buena; los 3,50 euros que me cuestan ambas dejan mi bolsillo para posarse en la barra, dueña y señora de un beige local que ha visto tiempos mejores, y salgo por la puerta.
La iglesia de San Ginés, cuya puerta da a la calle del Arenal, acaba justo de cerrar sus puertas cuando intento entrar en ella. Otra vez será.
A mi izquierda quedan la Plaza de Isabel II y el Teatro Real; Ópera me llama. Pero miro a mi derecha y...

No me canso de mirar esta plaza.
La Puerta del Sol es considerado por algunas personas como el corazón de esta ciudad. Y las calles de Alcalá, Montera, El Cármen, Preciados, Arenal, Mayor, Correo, Carretas y Carrera de San Jerónimo, las arterias y venas que introducen y reconducen la sangre hecha de metal, de cuero, de pintura y de sueños que llevan a esta ciudad un día tras otro a través del universo en el que ella misma se ha convertido.
Es posible que me vaya dentro de no mucho tiempo. Pero tengo claro que, vaya donde vaya, una parte de mi corazón quedará siempre aquí, en un humilde rincón del centro de Madrid, en un polvoriento lugar en el que tal vez nadie repare. Pero íntima y secretamente orgulloso de él.
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